MYNOR ESCOBAR: LA FORMA Y EL CONTENIDO DE LA EXPRESIÓN PICTÓRICA
Por Juan B. Juárez
Un artista pintor no es tal porque pinte cuadros bonitos sino porque en general se expresa pictóricamente y, al igual que el poeta, porque el cultivo del lenguaje –plástico en su caso— es una de sus principales preocupaciones. Y es que de un pintor admiramos, más que sus temas explícitos, la fluidez con que maneja su lenguaje. El uso del lenguaje define al artista no sólo porque le permite expresar y dar a entender su particular visión del mundo sino sobre todo porque lo vincula a una tradición y a una cultura. Por eso el lenguaje de un pintor va más allá de los elementos formales y materiales con los que crea sus composiciones y sus imágenes, pues incluye ese trasfondo de comprensibilidad que mantiene a su obra abierta a la comunicación. En ese ámbito de comprensibilidad que hace posible la comunicación, hablar de originalidad, sobre todo en el sentido que se le daba al término hace apenas unas décadas, está fuera de lugar; al contrario, lo que buscan los artistas de nuestra época es propiciar un re-conocimiento de la obra –sus temas, sus elementos formales significativos-- en el interior de su propia cultura.
La obra de Mynor Escobar se inscribe plenamente en esta corriente que bien podemos llamar antropológica, pues se vale de elementos de la cultura popular tanto para estilizarlos formalmente como para estructurar su “pensamiento” pictórico que gira, por lo menos en sus intenciones conscientes, sobre asuntos de reconocimiento y de afirmación de la identidad cultural tanto a nivel personal como de grupo étnico-social, sobre los cuales (los objetos de la cultura popular visibles en sus cuadros y el reconocimiento de la identidad cultural que ellos se afirma) se da la posibilidad de un espacio de comunicación de mayor intimidad (los textos de intención poética que se inscriben sobre los cuadros).
Ya que mencionamos lenguaje y pensamiento a propósito de la obra de Mynor Escobar, conviene aclarar que el lenguaje pictórico no traduce a imágenes las ideas y pensamientos intelectuales de un artista, que las imágenes de un artista, por muy intelectualizadas que sean, no son ilustraciones a posteriori de sus ideas, sino que son propiamente la expresión directa de su pensamiento. Así, si bien la identificación de los elementos formales presentes en los cuadros de Mynor Escobar –los tecolotes y las iglesias-- es inmediata y directa, el simbolismo que adquieren dentro de su lenguaje artístico remite más allá de las raíces precolombinas y coloniales de la cultura oficial guatemalteca a las que obviamente aluden, pues lo significativo de tales símbolos en la dinámica de su expresión no reside en su significado ya conocido sino en la relación que guardan entre sí en el interior de su obra. Por ejemplo, el tecolote, mensajero del inframundo indígena, es objeto de una más elaborada estilización que las iglesias, símbolo de la dominación española, pero es interesante notar que el vientre de esa ave nocturna recuerda la puerta de una iglesia –se mimetiza--, del mismo modo en que sus bigotes se ondulan como un ornamento barroco. Cierto, se dirá que el tecolote es un ser vivo de pequeñas dimensiones y que de cierta manera es el protagonista de los cuadros y que, por el contrario, las iglesias son construcciones arquitectónicas de gran magnitud y que su papel en los cuadros, muy secundario, es la de servir si no de escenario sí de componente de un paisaje fijo y estable.
Pero lo cierto es que la pintura de Mynor Escobar no se queda en el plano descriptivo, sino que la mueve desde dentro una intención expresiva que ha venido depurándose con el tiempo y que no es del todo inocente. No es casual que esos elementos iconográficos tan llenos de significado en nuestro ámbito cultural se dupliquen y tripliquen, que proyecten su reflejo o que ocupen lugares variables en un espacio pictórico que es más bien estable y geométricamente ordenado –cuadriculado, para ser más exactos--, pues ciertamente se trata de un juego que permite infinitas variaciones pero que, como todo juego, todos los movimientos y todas las variables están rígidamente reglamentados. Se trata, en el fondo, de encontrar en la composición artística un equilibrio y una armonía que no existen fuera del espacio pictórico, pero que funciona como un ideal dentro del imaginario nacional.
Quizás el hecho de ser la expresión de un ideal cultural de alcance nacional sea lo que le da a la obra de Mynor Escobar la atmósfera poética donde transcurre su pensamiento pictórico y se lleva a cabo el juego de sutilezas formales y semánticas que constituye su obra. Ideal no está empleado aquí como sinónimo de irreal o como espacio para una evasión, sino como la declaración de una tarea de conciliación y armonización que debemos realizar los que convivimos en esta conflictiva cultura. Pero además tal idealización desborda el sentido intrínseco de las imágenes y abarca también al sentido del hacer artístico: la comunicación. Que Mynor Escobar escriba textos poéticos en los márgenes de sus cuadros revela una concepción del arte como el espacio propio de la intimidad y de una comunicación más pura, de alma a alma, a un lado del tráfico mundano.
Y es justamente tomando una óptica poética que podemos valorar los hallazgos expresivos que validan la obra de este artista que realiza sus introspecciones un poco en solitario y proyecta sus genuinos ideales con tanta emotividad. El carácter de soñado y de imaginario que tienen sus imágenes, en efecto, confirman la intención poética de su hacer pictórico: se trata de jugar con las connotaciones de los elementos formales: tecolotes, iglesias, áreas ajedrezadas, espacios cuadriculados, lunas, sillas, colores oscuros, mimetismos de las figuras (tecolote-iglesia o tecolote-quetzal), noches, días alucinados, etc., tratados todos con gran delicadeza y amenidad cromática. La levedad misma y las infinitas posiciones posibles de los principales elementos iconográficos (que en cada cuadro se actualizan de modo diferente) le procuran gracia a un pensamiento que se expresa en variaciones emocionales. El orden, inconmovible en sí mismo, pero que permite diferentes ordenamientos, le agregan algo fascinante y obsesivo a un juego que no deja de deparar sorpresas y emociones moderadas. Pero sobre todo, la comunicación que vehiculan sus imágenes y que precisamente va encaminada a fortalecer la familiaridad de ciertos valores vigentes en el medio. Y es interesante dejar anotado la manera consciente en que Mynor Escobar se repliega sobre sí mismo, dejando de lado los grandes y ambiciosos temas que ocupaban a los artistas de la generación anterior; sin embargo, su obra, más personal e intimista, no deja de afincarse sobre un terreno de amplísima significación colectiva.
Si anteriormente anotamos que las imágenes de un pintor no son ilustraciones de su pensamiento intelectual, cabe ahora decir que lo que un artista comunica no es propiamente un mensaje. La comunicación que posibilita la obra de Mynor Escobar tiene que ver más con el reconocimiento de nosotros mismos en el ámbito cultural y vital que compartimos. De alguna manera sabemos que las expresiones del artista, sus obras, corresponden a nuestras preocupaciones más íntimamente sentidas. De alguna manera también sabemos que su obra no es un mero derroche gratuito de habilidad y de imaginación sino que tiene sus orígenes en algo significativo y profundo sobre lo cual es posible entenderla y entendernos.